Sinterklaas

METAMORFOSIS DE UN SANTO “ESPAÑOL” QUE TARDÓ EN LLEGAR A ESPAÑA.

Hablemos de San Nicolás de Bari. O de Nicolás, porque al principio no era santo, era obispo. Obispo de Mira, una ciudad del Asia Menor, en lo que hoy es Turquía. Mira ya no existe, sólo sus ruinas. A su alrededor se ha construido la ciudad de Demre.

El obispo de Mira nunca imaginó que iba a viajar tanto como viajó. Sus restos y su nombre.

Vivía en esa ciudad portuaria de Asia Menor, y era importante en el mundo grecorromano. Nació en el siglo IV, su episcopado se inició en el año 317 y murió en el 343. Era la época de las últimas persecuciones a los cristianos. Hablo de las persecuciones antiguas, porque también hay persecuciones ahora, en que han vuelto a ponerse de moda entre el mundo islámico y el mundo woke, la izquierda moderna.

Mira (o Myra en griego) repito, era una ciudad portuaria donde el mar era más real que los mapas y la santidad consistía de Nicolás no se basaba en hacer milagros, sino en gestos pequeños: repartir trigo en tiempos de hambre, dejar monedas en secreto, intervenir cuando la injusticia se volvía demasiado visible. Nicolás no predicaba el milagro; practicaba la discreción. Era un hombre flaco, vigilante, hecho de hueso y palabra.

Se dice que asistió al concilio de Nicea, pero no hay pruebas documentales de ello. Murió sin imaginar que su nombre aprendería otros idiomas y se diría de tantas formas distintas. Murió en Mira, donde había nacido, tras varias décadas en que fue su obispo. No hay noticias de martirio ni muerte violenta, se supone que fue por causas naturales a causa de su edad.

Fue enterrado en una pequeña iglesia a donde pronto se empezaron a atribuir fenómenos extraordinarios o milagrosos. Lo más significativo es el “maná” o licor milagroso que brotaba de sus huesos. Era algo que ocurría gota a gota y que se recogía una vez al año.

Sus huesos empezaron el viaje antes que su leyenda. En 1087 cruzaron el Mediterráneo hasta Bari, en Italia, robados piadosamente, como se robaban las reliquias cuando se creía que la santidad podía trasladarse por contacto. El tráfico (y falsificación, claro) de reliquias fue en la Edad Media un negocio de volúmenes inimaginables hoy. Volvamos a Nicolás. El cuerpo se volvió mercancía sagrada. El santo empezó a moverse. Y al moverse, cambió. En Europa, Nicolás perdió geografía y ganó funciones. Ya no era solo un obispo oriental: era el que vela, el que interviene cuando nadie mira (no es un juego de palabras). Ya en su ciudad, sin milagros de por medio, era conocido por su discreción y en que casi siempre actuaba de noche, para evitar a los perseguidores romanos.

Volviendo a Europa, en los puertos del norte se volvió protector de marineros; en las ciudades, guardián de los niños; en las casas pobres, administrador del milagro mínimo. Su figura creció como crecen los rumores: por acumulación. La mitra se mantuvo. El báculo también. Aún era alto, severo, vestido de autoridad. Aún hablaba con el lenguaje del juicio. Pero algo se desplazaba lentamente. El santo empezaba a desprenderse de la Iglesia para instalarse en la costumbre.

Sinterklaas

Cuando llegó a los Países Bajos ya no caminaba: llegaba. Llegaba en barco, desde un sur impreciso, todavía no se sabía de donde, pero venía cargado de objetos que no crecían en el frío. Su nombre se acortó. Se volvió familiar. Sinterklaas le llamaron los holandeses. Un santo pronunciable (para ellos). Aquí ocurrió algo decisivo: dejó de pertenecer al calendario litúrgico y pasó a pertenecer a la infancia. Y la infancia, cuando adopta algo, lo transforma sin pedir permiso.

Durante los siglos XVI y comienzos del XVII, los Países Bajos estuvieron bajo dominio de la Monarquía Hispánica. España era, para los holandeses, un lugar lejano, rico, poderoso y algo temible, casi mítico. Situar allí la “residencia” de San Nicolás encajaba con esa imagen: venía de un sur cálido, opulento y distante.

Muchos de los regalos típicos de Sinterklaas venían del sur de Europa o pasaban por rutas controladas por España, que era una potencia mundial o, mejor dicho, la primera potencia mundial, aunque hoy causemos risa a medio mundo. Esos regalos (olvídate de la sección de juguetes de los grandes almacenes de ahora) eran naranjas, especias, frutos secos, dulces…

Así que tenía sentido narrativo que el santo llegara en barco desde España, cargado de tesoros para los niños. El regalo viajaba antes que la historia, y la historia acabó siguiendo al regalo. Hoy día, allí, en los Países Bajos, sigue llegando desde España.

España, mientras tanto, profundamente católica en aquellos tiempos, funcionó como un buen “hogar adoptivo” para una figura religiosa poderosa. Pero aquí no repartía regalos San Nicolás ni Sinterklaas; teníamos a los Reyes Magos para traer alegría e ilusión a los niños. Esos Reyes Magos que ahora la izquierda europea quiere eliminar del calendario escolar y quitar cabalgatas etc. para que no se molesten sus amigos musulmanes.

Pero dejemos a la izquierda con su odio y volvamos a los Países Bajos. En el siglo XIX, cuando se consolidan las celebraciones modernas de Sinterklaas, la idea de que llega desde España ya estaba instalada y se volvió parte esencial del ritual: llegada en barco, vestimenta episcopal, ayudantes y desfiles.

Desde entonces, la historia se repite cada año hasta volverse incuestionable, como los cuentos que nadie se molesta en corregir porque funcionan demasiado bien. No era historia literal, era memoria escenificada, una tradición que se representaba y se representa para seguir viva.

Pero el obispo siguió viajando. Cuando la emigración europea a los EEUU, cruzó el océano con los colonos holandeses. En el siglo XVII los colonos o emigrantes holandeses fundaron Nueva Amsterdam, aunque luego los ingleses los corrieron a gorrazos de allí y la transformaron en Nueva York. Aún era alto, aún delgado, aún vigilante; seguía llevando mitra y viajaba a caballo, un caballo blanco. Pero América no conservaba bien las figuras antiguas. Allí todo tendía a ensancharse, a suavizarse, a volverse espectáculo.

Sinterklaas se dobló fonéticamente, era un nombre difícil para los americanos y se redondeó culturalmente y reapareció con otro nombre: Santa Claus. Fue entonces cuando perdió peso histórico y ganó volumen corporal. Los escritores lo bajaron del altar. Le quitaron la mitra y le pusieron gorro. Le cambiaron el caballo por renos, el báculo por un saco. Washington Irving lo vuelve más bonachón, Clement Clarke Moore le quita la mitra y le da un trineo, Thomas Nast lo dibuja regordete, con barba abundante. Ya no juzgaba: repartía. El castigo se volvió anecdótico. La moral, decorativa. Santa Claus dejó de saberlo todo. Empezó a caer bien. Sinterklaas aún conservaba algo de juez antiguo: premiaba, pero también advertía. Santa Claus, en cambio, se vuelve puro regalo, puro consumo, puro “ho ho ho”. El castigo se evapora. La moral se envuelve en papel brillante.

El Santa Claus de la Coca Cola

Si en el siglo XIX empezó la transformación, el siglo XX terminó el trabajo. La publicidad necesitaba una figura universal, reconocible, alegre, no amenazante. Y el viejo obispo, ya irreconocible, aceptó el último traje. Rojo brillante. Blanca espuma de barba. Sonrisa permanente. Un cuerpo cómodo, abundante, diseñado para no imponer nada excepto cercanía. La Coca-Cola no lo inventó, pero lo fijó. Le dio el aspecto definitivo de las cosas que ya no cambian. El santo dejó de viajar. Se instaló en todas partes a la vez. Fue entonces cuando aquel santo que “llegaba” desde España, llegó a España.

Si el obispo de Mira pudiera verlo, quizá no se reconocería. O quizá sí. Porque en el fondo sigue haciendo lo mismo: distribuir algo cuando el invierno aprieta. Solo que ahora el milagro no es el anonimato, sino la repetición. No el secreto, sino la imagen. La historia del santo es la historia de Europa y de Occidente: cómo lo sagrado se vuelve costumbre, cómo la costumbre se vuelve espectáculo, cómo el espectáculo se vuelve marca. No hay traición en ello. Solo transformación.

El obispo flaco de Asia Menor no murió. Se expandió. Se volvió palabra, gesto, anuncio, recuerdo infantil. Perdió verdad histórica y ganó ubicuidad. Y cada diciembre, cuando un gordito rojo sonríe desde una botella, alguien que no cree del todo aún siente algo parecido a lo que sentía un niño dejando un zapato junto a la puerta: la vaga esperanza de que el mundo, por una noche, sea un poco más generoso de lo necesario.

A mí, que me gusta mucho la Navidad en general, y que me gustaría que no desapareciese, por muchas razones, sin embargo, la actual me va gustando cada vez menos y echo de menos la antigua. Será porque me hago viejo y “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Aunque cuando yo era niño no estaba Sinterklaas, ni Santa Claus, sino los Reyes Magos, tenía mucha similitud con el Papá Noel.

Hago un paréntesis porque se me olvida algo importante y luego sigo con la tradición o historia. Papá Noel es el equivalente católico en Francia de Sinterklaas, que era de un país protestante, o del Father Christmas de los ingleses, otros herejes. Los ortodoxos rusos, serbios, etc. tienen a Died Moroz, otro equivalente. Cada uno con sus variantes tienen un personaje similar que reparte regalos y, a veces, también castigos.

Vuelvo a Sinterklaas, al inicial, el que más me gusta. El parecido a los Reyes Magos antiguos. Los que repartían ilusión en casas humildes. Antes de luces, antes de escaparates, Sinterklaas era una celebración pequeña y doméstica. En muchas casas no había grandes regalos. A veces una naranja, una figurita de pan, un puñado de nueces, una carta escrita con letra temblona. El gesto importaba más que el objeto. El santo no traía abundancia, traía señales: “he pasado por aquí, te he visto”.

Los zapatos se dejaban junto a la chimenea o la puerta. No como un calcetín festivo, sino como una petición humilde. El zapato es lo que toca el suelo, lo que camina, lo que se gasta. Era el recipiente perfecto.

El miedo infantil era parte del ritual. Aquí el cuento se vuelve más serio. Sinterklaas no era solo generoso: era vigilante. Sabía quién se había portado bien y quién no. Y ese saber lo traía consigo como un libro invisible. Para muchos niños, la noche del 5 de diciembre (que es cuando Sinterklaas reparte los regalos) tenía algo de juicio: ¿me habrán visto? ¿me habré equivocado demasiado?

El miedo no era cruel; era educativo, casi pedagógico. El mundo aún creía que crecer implicaba aprender a temer un poco. El santo no castigaba por placer. Castigaba para ordenar el mundo, para que la infancia entendiera que los actos dejan rastro.

En las casas humildes, con pocos regalos. En el miedo infantil, que no es terror sino conciencia. En la persistencia de un cuento sabido y aun así esperado. Todo apunta a lo mismo: la tradición no promete verdad, promete continuidad.

Mientras alguien deje un zapato. Mientras alguien mire un canal esperando un barco. Mientras alguien recuerde haber tenido miedo y haber sido feliz al mismo tiempo. Sinterklaas seguirá llegando desde España. Sinterklaas no llegaba de un lugar exacto. Llegaba de lejos. España era solo el nombre que se le daba a esa lejanía cálida desde donde venían las cosas importantes: las naranjas en invierno, las especias, las historias que no se podían comprobar. El sur como promesa y como amenaza suave. El sur como boca del mundo.

En las casas humildes no se hablaba de imperios ni de geografía. Se hablaba del zapato. El zapato gastado, dejado junto a la puerta como quien deja una pregunta. Dentro, una zanahoria para el caballo, a veces una carta escrita con errores. El niño no pedía mucho. Pedía ser visto. Y casi siempre lo era. A la mañana siguiente había algo. No abundancia, no exceso. Algo. Una señal mínima, suficiente para confirmar que el mundo no era ciego.

La noche, sin embargo, no era del todo amable. Había un silencio distinto, más espeso. Sinterklaas lo sabía todo. No porque espiara, sino porque el miedo infantil necesita creer que alguien sabe. El santo no castigaba como un tirano; castigaba como castigan las leyes naturales. No por crueldad, sino por orden. El niño repasaba el año en su cabeza como quien pasa los dedos por una pared buscando grietas. Una mentira aquí. Una desobediencia allá. El temor no anulaba la espera: la afinaba. Esperar con miedo es esperar con intensidad. Por eso el regalo no borraba el temor. Lo transformaba. Cada año, el barco llegaba. Llegaba incluso cuando nadie lo necesitaba ya.

Llegada de Sinterklaas a los canales holandeses, «desde España».

Los adultos miraban sabiendo, los niños miraban creyendo, y ambos aceptaban el pacto sin decirlo. No importa si viene de España. No importa si viene. Importa que llega. Las tradiciones no sobreviven porque sean verdaderas, sino porque son practicables. Porque caben en un gesto repetido. Porque permiten que una ciudad se detenga un instante y haga como si un santo cruzara el mar, como si el bien y el mal fueran legibles, como si alguien, desde algún lugar imposible, aún se tomara la molestia de pasar por tu casa.

Quizá por eso Sinterklaas nunca necesitó corregirse. Nadie quiso mudarlo de España. Moverlo habría sido romper el hechizo. Porque España no era un país: era una palabra que decía “no de aquí”. Y toda infancia necesita al menos un “no de aquí” para poder crecer. Mientras haya un zapato en el suelo. Mientras haya una noche con un poco de temor. Mientras alguien recuerde haber esperado sin saber si merecía.

El santo seguirá llegando desde el sur. Y el barco, cada año, volverá a atracar en la imaginación.

Aquí seguirán llegando Papá Noel en Navidad y los Reyes en su fecha, mientras la izquierda y la Unión Soviética Europea quieran y no los borren del calendario.

O hasta que llegue el meteorito.

Yo, lo estoy deseando.

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