
Hace ya tiempo que se sabe que los viejos estorbamos a mucha gente, especialmente a las élites globalistas y sus secuaces.
Unos lo dicen abiertamente. Otros hacen chistes.
Y otros aprovechan las crisis como la del COVID-19 para mandarlos al cielo.
Para reír o llorar, depende

Hace ya tiempo que se sabe que los viejos estorbamos a mucha gente, especialmente a las élites globalistas y sus secuaces.
Unos lo dicen abiertamente. Otros hacen chistes.
Y otros aprovechan las crisis como la del COVID-19 para mandarlos al cielo.
Un imperdible perdido. Un oxímoron. Eso me encontré ayer en un paseo autorizado por la ley. Y es que antes se paseaba uno (ese uno soy yo, claro) cuando le apetecía o se lo permitían sus múltiples achaques. Y ahora es cuando los políticos quieren con sus ilegales estados de alarma.

Ahora la caminata es como los toros, con permiso de la autoridad y si el tiempo no lo impide.
Porque vivo en otro oxímoron llamado estado de alarma, que es un estado de derecho sin algunos derechos, en que los hunos, que mandan, se reúnen con los hotros, que quieren mandar, y pactan las limitaciones de mi libertad.
Esas libertades cambian más que el tiempo; cada 15 días me dicen si se prorrogan o han cambiado. Además, dentro de esas quincenas también son variables, según la hora, según la edad, según la localidad en que vivas, según lo que decida el delegado gubernamental de turno…
Es una democracia, sí, pero orgánica. Vamos, que es democracia dependiente de lo que le salga a alguien del órgano. Más oxímoron.
En la mitad de los 70 del pasado siglo, muchos soñábamos con que llegase la utopía de la democracia. No sabíamos que sería una utopía distópica.
El caso es que me he encontrado con que se había perdido un imperdible, y creo que es un símbolo de este tiempo que estoy viviendo, en que se han perdido derechos que eran imperdibles.
«Un oxímoron feliz» escribiría hoy Aldous Huxley.

Banderita tú eres roja. Hasta ahí bien. Lo malo es cuando sigue banderita tú eres gualda.
En España la policía te para y te identifica por llevar la bandera de España. Otros se suenan los mocos con ella o la queman y es «libertad de expresión».
En cambio, en Alemania quemar una bandera de España podría costarme la cárcel.
Es un país de locos, por no decir otra cosa.

Había jazmines en un jardín vecino, jazmines que se abrían paso entre las rejas y salían a la calle a saludar, educados, a los peatones que circulábamos, atareados en nuestras cosas, sin reparar en ellos hasta que, alguna vez, percibíamos el aroma, al menos yo, y me paraba a devolverles el saludo.
Hablo en pasado porque el jazminero ya no está. Una maldita reforma se lo llevó por delante, y ahora, cuando transito por allí, echo de menos su perfume, y a mi madre, a la que tanto gustaban estas flores y yo le traía cuando era pequeño.
Cuántas cosas puede evocar algo tan pequeño. Porque, incluso, alguna vez, continúe mi camino tarareando (mentalmente, porque pocas hay que haga tan mal como cantar) la «Flor de la Canela», esa preciosa composición de Isabel «Chabuca» Granda aunque yo la prefiero, respetuosamente, por Dona Maria Dolores Pradera que nos dejó hace ahora dos años. Y también me acuerdo de ella.
Por recordar, hasta recuerdo a Forges, el genial dibujante, que se fue dos o tres meses antes que Doña María Dolores. Me vienen a la cabeza sus chistes, en los que, ocasionalmente, incluía textos de canciones y una de ellas era, precisamente, La Flor de la Canela.
«Jazmines en el pelo y rosas en la cara
Airosa caminaba la flor de la canela
Derramaba lisura y a su paso dejaba
Aroma de mixtura que en el pecho llevaba…»
La dejo aquí para que nadie tenga que molestarse en buscarla.
Entré en un modesto bar de pueblo perdido y allí estaba el bastón del abuelo.
No sé qué abuelo sería, pero suelen ir persiguiendo a sus bastones, que avanzan por delante de ellos y nunca los alcanzan.

Cuando yo llegaba a casa, a veces encontraba el bastón apoyado en una pared y ya sabía que mi abuelo estaba allí.
Mi padre lo heredó de él y yo de mi padre. Todavía no estoy necesitado de utilizarlo, pero me falta poco. Muy poco.
El Dúo Dinámico tenía una canción que se llamaba así, «El bastón del abuelo». Y está aquí:
He leído en la prensa (lo cual inspira poca garantías, la verdad, pero bueno…) que según recientes encuestas el PP subiría hasta 115 escaños y pondría en peligro la mayoría del PSOE.
Shit yourself, little sparrow! ¡Que sube el PP por estar rascándose las partes blandas mientras cae la que está cayendo! Parece que hacer el Don Tancredo funciona y mucho.

Pues parece que el líder de la oposición sigue los pasos de su antecesor en el partido, el ínclito Mariano Rajoy, y marcha por la vereda abierta por él.
No me extrañaría que quitase de enmedio, como portavoz -o portavoza, que diría la cajera mayor del reino- a Cayetana Álvarez de Toledo por demasiada y eficaz actividad.
Yo veo un gran porvenir a Pablo Casado como registrador de la propiedad. En Santa Pola creo que ya hay plaza.

Mucha gente se pregunta cómo es posible que nos vayan quitando todas las libertades con la excusa del «estado de alarma», al mismo tiempo que se pregunta cómo es posible que nadie haga nada por impedirlo. Y la mejor explicación es la de la rana hervida, que también es conocida por muchos pero no por todos. Para esos que aún no lo saben, vaya la explicación.
Si intentásemos hervir una rana viva, de golpe, no lo lograríamos. En el momento que percibiera el agua hirviendo, saltaría y escaparía. Pero si se pone en agua a temperatura ambiente, y esperamos a que el animal se tranquilice, no ocurre nada. Luego se va elevando poco a poco la temperatura del agua y el animal hasta se encuentra a gusto con la situación. Cuando aumentemos la temperatura definitivamente, el animal ya no tendrá fuerzas para oponerse, se quedará en la olla y, finalmente, hervirá.
La tele ayuda mucho a que las ranas estén contentas, con su fútbol cada día, con su sálvame de luxe, con sus hermanos mayores y grandes hermanos. Y las ranas cada vez más estúpidas, menos ranas y más ovejas.
Por eso el gobierno riega las televisiones con millones de «ayuda» y publicidad institucional.
Ya empieza a oírse el agua hervir pero, tranquilos, es el agua. La sangre ya no hierve en España. Eso era antes.
Una explicación más sofisticada pero menos graciosa que la de la rana (que además es falsa, porque ni las ranas se quedarían dentro de la olla) es la doctrina del shock.