Sinterklaas

METAMORFOSIS DE UN SANTO “ESPAÑOL” QUE TARDÓ EN LLEGAR A ESPAÑA.

Hablemos de San Nicolás de Bari. O de Nicolás, porque al principio no era santo, era obispo. Obispo de Mira, una ciudad del Asia Menor, en lo que hoy es Turquía. Mira ya no existe, sólo sus ruinas. A su alrededor se ha construido la ciudad de Demre.

El obispo de Mira nunca imaginó que iba a viajar tanto como viajó. Sus restos y su nombre.

Vivía en esa ciudad portuaria de Asia Menor, y era importante en el mundo grecorromano. Nació en el siglo IV, su episcopado se inició en el año 317 y murió en el 343. Era la época de las últimas persecuciones a los cristianos. Hablo de las persecuciones antiguas, porque también hay persecuciones ahora, en que han vuelto a ponerse de moda entre el mundo islámico y el mundo woke, la izquierda moderna.

Mira (o Myra en griego) repito, era una ciudad portuaria donde el mar era más real que los mapas y la santidad consistía de Nicolás no se basaba en hacer milagros, sino en gestos pequeños: repartir trigo en tiempos de hambre, dejar monedas en secreto, intervenir cuando la injusticia se volvía demasiado visible. Nicolás no predicaba el milagro; practicaba la discreción. Era un hombre flaco, vigilante, hecho de hueso y palabra.

Se dice que asistió al concilio de Nicea, pero no hay pruebas documentales de ello. Murió sin imaginar que su nombre aprendería otros idiomas y se diría de tantas formas distintas. Murió en Mira, donde había nacido, tras varias décadas en que fue su obispo. No hay noticias de martirio ni muerte violenta, se supone que fue por causas naturales a causa de su edad.

Fue enterrado en una pequeña iglesia a donde pronto se empezaron a atribuir fenómenos extraordinarios o milagrosos. Lo más significativo es el “maná” o licor milagroso que brotaba de sus huesos. Era algo que ocurría gota a gota y que se recogía una vez al año.

Sus huesos empezaron el viaje antes que su leyenda. En 1087 cruzaron el Mediterráneo hasta Bari, en Italia, robados piadosamente, como se robaban las reliquias cuando se creía que la santidad podía trasladarse por contacto. El tráfico (y falsificación, claro) de reliquias fue en la Edad Media un negocio de volúmenes inimaginables hoy. Volvamos a Nicolás. El cuerpo se volvió mercancía sagrada. El santo empezó a moverse. Y al moverse, cambió. En Europa, Nicolás perdió geografía y ganó funciones. Ya no era solo un obispo oriental: era el que vela, el que interviene cuando nadie mira (no es un juego de palabras). Ya en su ciudad, sin milagros de por medio, era conocido por su discreción y en que casi siempre actuaba de noche, para evitar a los perseguidores romanos.

Volviendo a Europa, en los puertos del norte se volvió protector de marineros; en las ciudades, guardián de los niños; en las casas pobres, administrador del milagro mínimo. Su figura creció como crecen los rumores: por acumulación. La mitra se mantuvo. El báculo también. Aún era alto, severo, vestido de autoridad. Aún hablaba con el lenguaje del juicio. Pero algo se desplazaba lentamente. El santo empezaba a desprenderse de la Iglesia para instalarse en la costumbre.

Sinterklaas

Cuando llegó a los Países Bajos ya no caminaba: llegaba. Llegaba en barco, desde un sur impreciso, todavía no se sabía de donde, pero venía cargado de objetos que no crecían en el frío. Su nombre se acortó. Se volvió familiar. Sinterklaas le llamaron los holandeses. Un santo pronunciable (para ellos). Aquí ocurrió algo decisivo: dejó de pertenecer al calendario litúrgico y pasó a pertenecer a la infancia. Y la infancia, cuando adopta algo, lo transforma sin pedir permiso.

Durante los siglos XVI y comienzos del XVII, los Países Bajos estuvieron bajo dominio de la Monarquía Hispánica. España era, para los holandeses, un lugar lejano, rico, poderoso y algo temible, casi mítico. Situar allí la “residencia” de San Nicolás encajaba con esa imagen: venía de un sur cálido, opulento y distante.

Muchos de los regalos típicos de Sinterklaas venían del sur de Europa o pasaban por rutas controladas por España, que era una potencia mundial o, mejor dicho, la primera potencia mundial, aunque hoy causemos risa a medio mundo. Esos regalos (olvídate de la sección de juguetes de los grandes almacenes de ahora) eran naranjas, especias, frutos secos, dulces…

Así que tenía sentido narrativo que el santo llegara en barco desde España, cargado de tesoros para los niños. El regalo viajaba antes que la historia, y la historia acabó siguiendo al regalo. Hoy día, allí, en los Países Bajos, sigue llegando desde España.

España, mientras tanto, profundamente católica en aquellos tiempos, funcionó como un buen “hogar adoptivo” para una figura religiosa poderosa. Pero aquí no repartía regalos San Nicolás ni Sinterklaas; teníamos a los Reyes Magos para traer alegría e ilusión a los niños. Esos Reyes Magos que ahora la izquierda europea quiere eliminar del calendario escolar y quitar cabalgatas etc. para que no se molesten sus amigos musulmanes.

Pero dejemos a la izquierda con su odio y volvamos a los Países Bajos. En el siglo XIX, cuando se consolidan las celebraciones modernas de Sinterklaas, la idea de que llega desde España ya estaba instalada y se volvió parte esencial del ritual: llegada en barco, vestimenta episcopal, ayudantes y desfiles.

Desde entonces, la historia se repite cada año hasta volverse incuestionable, como los cuentos que nadie se molesta en corregir porque funcionan demasiado bien. No era historia literal, era memoria escenificada, una tradición que se representaba y se representa para seguir viva.

Pero el obispo siguió viajando. Cuando la emigración europea a los EEUU, cruzó el océano con los colonos holandeses. En el siglo XVII los colonos o emigrantes holandeses fundaron Nueva Amsterdam, aunque luego los ingleses los corrieron a gorrazos de allí y la transformaron en Nueva York. Aún era alto, aún delgado, aún vigilante; seguía llevando mitra y viajaba a caballo, un caballo blanco. Pero América no conservaba bien las figuras antiguas. Allí todo tendía a ensancharse, a suavizarse, a volverse espectáculo.

Sinterklaas se dobló fonéticamente, era un nombre difícil para los americanos y se redondeó culturalmente y reapareció con otro nombre: Santa Claus. Fue entonces cuando perdió peso histórico y ganó volumen corporal. Los escritores lo bajaron del altar. Le quitaron la mitra y le pusieron gorro. Le cambiaron el caballo por renos, el báculo por un saco. Washington Irving lo vuelve más bonachón, Clement Clarke Moore le quita la mitra y le da un trineo, Thomas Nast lo dibuja regordete, con barba abundante. Ya no juzgaba: repartía. El castigo se volvió anecdótico. La moral, decorativa. Santa Claus dejó de saberlo todo. Empezó a caer bien. Sinterklaas aún conservaba algo de juez antiguo: premiaba, pero también advertía. Santa Claus, en cambio, se vuelve puro regalo, puro consumo, puro “ho ho ho”. El castigo se evapora. La moral se envuelve en papel brillante.

El Santa Claus de la Coca Cola

Si en el siglo XIX empezó la transformación, el siglo XX terminó el trabajo. La publicidad necesitaba una figura universal, reconocible, alegre, no amenazante. Y el viejo obispo, ya irreconocible, aceptó el último traje. Rojo brillante. Blanca espuma de barba. Sonrisa permanente. Un cuerpo cómodo, abundante, diseñado para no imponer nada excepto cercanía. La Coca-Cola no lo inventó, pero lo fijó. Le dio el aspecto definitivo de las cosas que ya no cambian. El santo dejó de viajar. Se instaló en todas partes a la vez. Fue entonces cuando aquel santo que “llegaba” desde España, llegó a España.

Si el obispo de Mira pudiera verlo, quizá no se reconocería. O quizá sí. Porque en el fondo sigue haciendo lo mismo: distribuir algo cuando el invierno aprieta. Solo que ahora el milagro no es el anonimato, sino la repetición. No el secreto, sino la imagen. La historia del santo es la historia de Europa y de Occidente: cómo lo sagrado se vuelve costumbre, cómo la costumbre se vuelve espectáculo, cómo el espectáculo se vuelve marca. No hay traición en ello. Solo transformación.

El obispo flaco de Asia Menor no murió. Se expandió. Se volvió palabra, gesto, anuncio, recuerdo infantil. Perdió verdad histórica y ganó ubicuidad. Y cada diciembre, cuando un gordito rojo sonríe desde una botella, alguien que no cree del todo aún siente algo parecido a lo que sentía un niño dejando un zapato junto a la puerta: la vaga esperanza de que el mundo, por una noche, sea un poco más generoso de lo necesario.

A mí, que me gusta mucho la Navidad en general, y que me gustaría que no desapareciese, por muchas razones, sin embargo, la actual me va gustando cada vez menos y echo de menos la antigua. Será porque me hago viejo y “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Aunque cuando yo era niño no estaba Sinterklaas, ni Santa Claus, sino los Reyes Magos, tenía mucha similitud con el Papá Noel.

Hago un paréntesis porque se me olvida algo importante y luego sigo con la tradición o historia. Papá Noel es el equivalente católico en Francia de Sinterklaas, que era de un país protestante, o del Father Christmas de los ingleses, otros herejes. Los ortodoxos rusos, serbios, etc. tienen a Died Moroz, otro equivalente. Cada uno con sus variantes tienen un personaje similar que reparte regalos y, a veces, también castigos.

Vuelvo a Sinterklaas, al inicial, el que más me gusta. El parecido a los Reyes Magos antiguos. Los que repartían ilusión en casas humildes. Antes de luces, antes de escaparates, Sinterklaas era una celebración pequeña y doméstica. En muchas casas no había grandes regalos. A veces una naranja, una figurita de pan, un puñado de nueces, una carta escrita con letra temblona. El gesto importaba más que el objeto. El santo no traía abundancia, traía señales: “he pasado por aquí, te he visto”.

Los zapatos se dejaban junto a la chimenea o la puerta. No como un calcetín festivo, sino como una petición humilde. El zapato es lo que toca el suelo, lo que camina, lo que se gasta. Era el recipiente perfecto.

El miedo infantil era parte del ritual. Aquí el cuento se vuelve más serio. Sinterklaas no era solo generoso: era vigilante. Sabía quién se había portado bien y quién no. Y ese saber lo traía consigo como un libro invisible. Para muchos niños, la noche del 5 de diciembre (que es cuando Sinterklaas reparte los regalos) tenía algo de juicio: ¿me habrán visto? ¿me habré equivocado demasiado?

El miedo no era cruel; era educativo, casi pedagógico. El mundo aún creía que crecer implicaba aprender a temer un poco. El santo no castigaba por placer. Castigaba para ordenar el mundo, para que la infancia entendiera que los actos dejan rastro.

En las casas humildes, con pocos regalos. En el miedo infantil, que no es terror sino conciencia. En la persistencia de un cuento sabido y aun así esperado. Todo apunta a lo mismo: la tradición no promete verdad, promete continuidad.

Mientras alguien deje un zapato. Mientras alguien mire un canal esperando un barco. Mientras alguien recuerde haber tenido miedo y haber sido feliz al mismo tiempo. Sinterklaas seguirá llegando desde España. Sinterklaas no llegaba de un lugar exacto. Llegaba de lejos. España era solo el nombre que se le daba a esa lejanía cálida desde donde venían las cosas importantes: las naranjas en invierno, las especias, las historias que no se podían comprobar. El sur como promesa y como amenaza suave. El sur como boca del mundo.

En las casas humildes no se hablaba de imperios ni de geografía. Se hablaba del zapato. El zapato gastado, dejado junto a la puerta como quien deja una pregunta. Dentro, una zanahoria para el caballo, a veces una carta escrita con errores. El niño no pedía mucho. Pedía ser visto. Y casi siempre lo era. A la mañana siguiente había algo. No abundancia, no exceso. Algo. Una señal mínima, suficiente para confirmar que el mundo no era ciego.

La noche, sin embargo, no era del todo amable. Había un silencio distinto, más espeso. Sinterklaas lo sabía todo. No porque espiara, sino porque el miedo infantil necesita creer que alguien sabe. El santo no castigaba como un tirano; castigaba como castigan las leyes naturales. No por crueldad, sino por orden. El niño repasaba el año en su cabeza como quien pasa los dedos por una pared buscando grietas. Una mentira aquí. Una desobediencia allá. El temor no anulaba la espera: la afinaba. Esperar con miedo es esperar con intensidad. Por eso el regalo no borraba el temor. Lo transformaba. Cada año, el barco llegaba. Llegaba incluso cuando nadie lo necesitaba ya.

Llegada de Sinterklaas a los canales holandeses, «desde España».

Los adultos miraban sabiendo, los niños miraban creyendo, y ambos aceptaban el pacto sin decirlo. No importa si viene de España. No importa si viene. Importa que llega. Las tradiciones no sobreviven porque sean verdaderas, sino porque son practicables. Porque caben en un gesto repetido. Porque permiten que una ciudad se detenga un instante y haga como si un santo cruzara el mar, como si el bien y el mal fueran legibles, como si alguien, desde algún lugar imposible, aún se tomara la molestia de pasar por tu casa.

Quizá por eso Sinterklaas nunca necesitó corregirse. Nadie quiso mudarlo de España. Moverlo habría sido romper el hechizo. Porque España no era un país: era una palabra que decía “no de aquí”. Y toda infancia necesita al menos un “no de aquí” para poder crecer. Mientras haya un zapato en el suelo. Mientras haya una noche con un poco de temor. Mientras alguien recuerde haber esperado sin saber si merecía.

El santo seguirá llegando desde el sur. Y el barco, cada año, volverá a atracar en la imaginación.

Aquí seguirán llegando Papá Noel en Navidad y los Reyes en su fecha, mientras la izquierda y la Unión Soviética Europea quieran y no los borren del calendario.

O hasta que llegue el meteorito.

Yo, lo estoy deseando.

El cuarto joder

Se dice, pero es mentira, que la prensa es el cuarto poder.

Quizás lo fue en su día, cuando el J’accuse de Emile Zola y todo aquello. Pero ya no. Se suponía que era un cuarto poder porque se encargaba de controlar a los otros tres clásicos: ejecutivo, legislativo y judicial. Pero es que ya, eso, tampoco. ¡Si Montesquieu resucitara, se suicidaba a los quince días! Ya no hay separación de poderes, los políticos dan pucherazos en las elecciones, los gobiernos se nombran de forma espuria y luego los mandamases nombran a los jueces. ¿Separación? Mis cojones, con perdón, están más separados que los tres poderes.

Hay un sólo poder. Uno solo. Y no sabemos quién -o quienes- son, están en la sombras. Ellos, a los que no vota nadie, eligen y ponen al mando marionetas en los gobiernos. Ellos, los que quieren que no tengamos hijos, los tienen por decenas. Ellos que critican a los reyes (puta envidia) casan a sus descendientes entre sí, formando dinastías más largas que los Capetos, los Romanov y los Trastamara juntos. Ese es el poder. Ese es el joder.

Pero volvamos a la prensa, que de eso iba la cosa. Cuando yo era joven -porque lo fui una vez, bueno varias veces- había un periódico que era el de más tirada en mi región al que mis amigos y yo llamábamos, de coña, El Pravda. Para los damnificados de la ESO, el Pravda era el diario oficial del Partido Comunista de la Unión Soviética. Y Pravda significa VERDAD.

El comunismo es una religión, de modo que el diario oficial del Partido más Comunista del Comunismo, de la Unión más Soviética de las Uniones, era la Biblia. Y si era la Biblia, lo que allí salía era Verdad. LA VERDAD.

Decía que mis amigos y yo, que entonces, pobrecillos, éramos o creíamos ser rojos, cuando íbamos a por la prensa decíamos que íbamos a comprar El Pravda. Aunque entonces, creo, era de la Iglesia. Editorial Católica (EDICA) se llamaba la empresa que lo gestionaba, según creo recordar.

Pero todo cambia. Han pasado muchos años. Estamos todos los amigos jubilados, ya no somos rojos, ahora (según dicen) somos fachas, porque en cuanto no piensas igual que ELLOS es que eres facha, machista, y mil lindezas más. Y ahora quien es «rojo» es el Pravda. No es un rojo chillón porque tiene que guardar las apariencias y en el grupo, que son Vocento Y La Madre, han de dar sensación de pluralidad, diversidad, multiculturalidad, y todo lo que conlleva el pensamiento progre único que impera. Que, en el el fondo, es el marxismo cultural, vestido con mil ropajes y nombres distintos.

Hace ya unos cuantos años, sobre siete u ocho, que decidí dejar de comprar la prensa. Ni un solo periódico ha entrado ya en mi casa desde entonces. Eso no significa que no los pague, en parte. El dinero que no desembolso es el que le daba antes al kiosquero, porque los periódicos se pagan varias veces. Y el que dice periódicos, dice televisiones, o cualquier otro medio de desinformación masiva. A saber:

  • Lo pagas cuando lo compras (o te suscribes a una plataforma televisiva, etc.)
  • Lo pagas con tus impuestos cuando el gobierno los subvenciona directamente o les contrata publicidad institucional.
  • Lo pagas indirectamente cuando el comerciante se anuncia en prensa y, para compensar el gasto publicitario, sube el precio del producto que compras.
  • Eso está mal, muy mal. Pero… si al menos te informaran y te dijesen la verdad. Y no, no es así. Lo que haces es pagar propaganda. Por eso, este cuarto punto… ¡joder! El cuarto, joder.

Te mienten con las noticias, inventando, exagerando u ocultando. Todos están de acuerdo y siguen el dictado del poder, informan de lo mismo, a veces con las mismas palabras, a veces con otras. Te escamotean lo que les dicen que callen. Y al que dice algo distinto le acusa de lanzar bulos.

Tienen además un grupo que personajes que obedecen a los mismos amos, que se llaman «verificadores» y que se encargan de decir lo que es verdad y lo que es mentira, aunque a ellos mismos los pillen mintiendo y tengan conflictos de intereses entre sus miembros y el poder.

Pues, a pesar de todo eso, a pesar de todos sus esfuerzos y tener tanto dinero y tanta gente detrás, van bajando sus ventas, sus audiencias. La gente los va calando. El Pravda es uno de los que más ha caído. Parece que ya imprimen en total unos 4.000 ejemplares diarios cuando hace años estaban en los 110.000 o 120.000.

No hace falta ningún estudio sociológico ni estadístico, ni demoscópico o como quieran llamarlo. Sólo hay que ir al kiosco y ver los montones de periódicos y compararlos con los que había antes. A ojo, se nota que están cerca de la agonía y si no se han muerto es porque tienen respiración asistida del poder, que les inyecta (nuestro) dinero porque necesitan tener a algún vocero que diga lo que ellos quieren que se diga.

Ya saben, no es lo mismo la opinión pública que la opinión publicada.

El cuarto poder está para jodernos. Ya sólo son el cuarto joder.

Dos imágenes ajenas que reflejan la misma idea. Una es de Kap y la otra de Clovis.

Yo, el outsider

Yo, el outsider.

No me gusta nada, pero nada nada, utilizar extranjerismos si puedo expresarme en español.

Pero hay ocasiones en que es, o a mí me resulta, inevitable porque no hay, o no encuentro, un término castellano que defina en una sola palabra el vocablo que necesito.

En esta ocasión me refiero a “outsider”. O, al menos, en la acepción a la que quiero referirme.

Ir siempre a la contra no equivale a ser outsider

Forastero, no

Outsider tiene varias traducciones; algunas de ellas pueden serme aplicables, aunque no siempre, y otras no. Por ejemplo, en su primera acepción, significa forastero y, bueno, puedo ser forastero en algunas ocasiones, dependiendo de donde me encuentre o lo que esté haciendo, como todo el mundo. Lo mismo es aplicable a otros significados como desconocido o intruso.

Puedo ser forastero, desconocido o intruso. Pero no siempre.

Marginal, tampoco

El término Outsider identifica también algo en la periferia de las normas sociales, alguien que vive aparte de la sociedad común o alguien que observa un grupo desde fuera.

Esa acepción de outsider tampoco encaja conmigo. Puedo llegar a ser raro, poco convencional, pero no marginal.

Tampoco

Hay otros términos que tienen el significado de outsider, en su tercera acepción. como son poco conocido (cuando se refiere a candidato en alguna elección), segundón, o incluso, que no figura entre los favoritos, cuando se refieren a los caballos de carreras. Todos estos otros términos tampoco me son aplicables por mi actividad hasta ahora, especialmente el último. No creo que a estas alturas de mi vida me vea ya con un yóquey a mis espaldas.

Caliente caliente

Voy ahora con otro grupo de términos, otra acepción de la palabra outsider y aquí, es a donde yo quería ir acercándome. Puede significar alguien que es independiente (Yo lo soy, y MUCHO. No soy fanático de nada ni de nadie).

Puede significar persona ajena a algún asunto y, claro, eso me vale a mí y a todo el mundo, soy ajeno a millones de asuntos, como todos.

Por fin está el término al que venía aludiendo desde el principio en cuanto a que no he encontrado expresión equivalente castellana: es el individuo que vive aparte de la sociedad común o bien que observa un grupo desde fuera, sin identificarse totalmente con ninguna de las partes.

Fanático de nada

Antes me definí como fanático de nada. Con eso debería haber bastado pero, quizás, merezca la pena ahondar un poco.

Hace falta entereza y fuerza para romper con la mayoría y seguir las ideas propias

En estos tiempos se habla mucho de los equidistantes. Para unos, algo virtuoso (“en el término medio está la virtud”), para otros algo detestable (“eres un tibio, un equidistante despreciable y no quieres comprometerte”). Yo, como outsider que soy, algunas veces -pocas- también soy equidistante, pero no hay que confundir una cosa con la otra. Hay equidistancias que me parecen, simplemente, repugnantes.

LAS MOCHILAS

Veo, con pena, una sociedad cargada con mochilas ideológicas. Aunque la realidad sea un poco más compleja, para ejemplo, bastará una simplificación.

Va a salir el individuo a la vida (tras pasar por los periodos correspondientes de educación y/o adoctrinamiento que son familia, escuela, etc.) y le pregunta mamá sociedad:

  • Pablito ¿lo llevas todo? ¿has cogido tu mochila?
  • Sí, mamá.
  • ¿Y has cogido la mochila roja o la mochila azul -como cantaba Pedrito Fernández-?
  • No, mamá, la roja, que es lo que se lleva ahora.
  • Entonces, repasa que lleves todo: El Ché, la ETA, Antifas, República, LGTBIQ+, Biden, Black Lives Matter, aborto,…
  • Sí, mamá, ya lo sé, lo llevo todo.

Todo. Esa es la clave: todo. Es como los «packs-indivisibles» de los supermercados: es un todo completo. No puedes separar ni discriminar. No puedes pensar, ni elegir. Si llevas la mochila roja, aceptas y defiendes un sinfín de conceptos (a veces insolubles entre sí) que alguien ha decidido que forman el lote completo.

Las mochilas

Si decides llevar la mochila azul, tendrás que optar por todo lo contrario, punto por punto. Y con el mismo criterio de indivisibilidad: habrás de ser creyente, taurino, provida, Trumpista, antivegano, etc.

YO, EL OUTSIDER

Yo observo a todos los grupos desde fuera, sin identificarme totalmente con ninguna de las partes. Desde siempre, mis mochilas no han sido rojas ni azules, no tienen color definido.

No compro packs-indivisibles. Hay artículo que me interesan en la mochila roja, y hay otros que me gustan de la mochila azul. No valgo para estar en ningún grupo; al menos en ninguno donde se exija pensamiento único y no haya libertad de voz y voto.

A veces he tenido etapas más rojizas, otras más azuladas. Mi pensamiento no es inalterable ni monolítico, mis opiniones no están grabadas en piedra. No soy ni río ni rambla. No fluyo siempre en la misma dirección. Soy librepensador.

Como dijo alguien que no recuerdo «Si en cuestiones importantes hace mucho tiempo que no has cambiado de opinión, tómate el pulso. Quizá estés muerto»

Por cierto, si no hay palabra española que exprese este concepto de outsider, la RAE debería ponerse manos a la obra y dejar un poquito tranquilos los amigovios y las cocretas; propongo.

Esa gentuza

Hay gentuza de muchos tipos. Por ejemplo, los que durante muchos meses han estado lanzando a diario mensajes de odio contra los no participantes en el experimento mundial de inyecciones ARNmensajero.

Ahora, en estos días que corren, andan recogiendo cable poco a poco; unos recogiendo tímidamente noticias que prueban la maldad del veneno, noticias que antes ocultaban celosamente.

Otros dejando tranquilos (por ahora) a los «negacionistas» y difuminando el odio.

Cambio de malo

El «virus» ha sido desplazado del foco por Putin, el nuevo malvado. La táctica es la misma, todos a una contra el malvado ruso y todos a favor del pobrecito Zelensky. Y el que diga algo diferente, es un negacionista y a la mazmorra con él. Los medios se encargan de decirnos lo que hemos de creer y lo que no.

Pero volvamos al bicho.

¿Habrá nueva ola y oleada contra los «antivacunas»? Puede ser, dependerá de cómo vayan los planes del Nuevo Orden Mundial, de la guerra de Ucrania, de las querellas en curso, de las finanzas de la farmacéuticas… Ya se verá.

De momento van acercándose los litigios interpuestos a los mensajeros del odio. Aquí, un ejemplo.

Este es el video completo pero, si quieres ir a la parte relacionada con los odiadores, puedes pasar directamente al minuto 5:12. De nada.

Esa gentuza

Esa gentuza, que es mucha, ha hecho mucho mal. Ha esparciado mucho odio contra los que han hecho una opción perfectamente legal, pero que no se ajustaba a los intereses de BlackRock, Vanguard, etc. que son los dueños de las farmacéuticas, los medios de comunicación y muchas cosas más. Son esos plutócratas que antes tanto odiaba la izquierda y para los que trabajan ahora.

Aquí hay una breve selección de esos odiadores con algunas de sus perlas, aunque su «producción» es mucho más extensa.

  • Luis Enjuanes (virólogo del CSIC): «Que a los no vacunados no les cubra la Seguridad Social».
  • Benjamín Prado (Poeta y tertuliano TV): «Que les pidan el pasaporte hasta para ir a comprar pan»
  • Risto Mejide (Publicista y presentador TV): «Hay que ponerles etiquetas para distinguirlos por la calle»
  • Miguel Lago (Humorista): «Hay que darles dos hostias»
  • Anabel Alonso (¿Cómica?): «Que tengan envidia. Vosotros no podéis y no debéis».
  • Federico Jiménez Losantos (Periodista): «Gentuza, criminales, bebelejías»
  • Ana Rosa Quintana (Presentadora TV): «Hay que vacunar a los niños, el nuevo foco de contagio»
  • Susana Griso (Presentadora TV): «Hay que hacerles la vida imposible»
  • Iñaki López (Presentador TV): «Cuñados. Votantes de Vox»
  • Ángel Expósito (Periodista): «¿Tenemos que pagarle la seguridad social a estos?»
  • José Sacristán (Actor): «Esos necios matan. Que paguen por imbéciles»
  • Javier Gurruchaga (Cantante): «Que no salgan de casa. Son un peligro público»
  • Angélica Rubio (Periodista): «La culpa es de la Justicia, que protege a estos locos»
  • Ernest Folch (Periodista): «Vacunación forzosa para los egoístas»
  • José García (Periodista): «Sin tolerancia. La libertad de un imbécil no vale nada»
  • Juan del Val (Guionista): «Son estúpidos. Les tendrían que perseguir»
  • Dani Mateo (Cómico y presentador TV): «Mira que eres idiota, fantasma antivacunas»
  • Andreu Buenafuente y Berto Romero (Cómicos): «Hay que utilizar el lanzallamas»
  • Miguel Ángel Revilla (exfalangista y actualmente presidente de Cantabria): «Hay que vacunarles, por las buenas o por las malas, por lo civil o por lo militar».

Esa otra gentuza

Y además de la gentuza emisora de odio está la receptora. Esa gentuza sin criterio propio ni dos dedos de frente que ha antepuesto el mensaje a sus sentimientos, sus relaciones, sus obligaciones morales y, como el conejito de Duracel, «y duran, y duran».

Cuando recibieron el mensaje de hacer el vacío a familiares y amigos, lo aplicaron. Ha pasado el tiempo, han tenido tiempo de informarse, de ver con sus propios ojos la realidad, pero… no.

Hay gente que es normal, por eso la llamo gente, y que ha caído del burro. Han cambiado de actitud, tanto consigo mismos -ya no piensan clavarse más- como con los demás.

Pero la otra, la gentuza, los miembros de la secta, los de la CUD (Covidianos de los Últimos Días), siguen aferrados a la mascarilla aunque estén solos en medio del Sahara, están esperando que les insinúen ponerse la cuarta o quinta dosis para hacer cola.

Y como las televisiones no les han dicho (ni les van a decir) expresamente «Vayan a visitar a sus familiares no vacunados, porque ya se sabe quu los vacunados se contagian y contagian igual que los no vacunados», pues ellos les siguen haciendo el vacío. Y puede que se lo sigan haciendo eternamente.

Les llamo gentuza por no llamarles otra cosa.

¿Eres un idiota?

Aclaración importante. Por una vez, este texto no es mío. Desconozco el autor. Además me llegó en italiano y he tenido que traducirlo sin ser yo un experto en ello, espero no haber cometido demasiados errores.

Pero me pareció tan interesante que decidí incorporarlo al blog. Si a alguien le da que pensar, como me dio a mí en su momento, me doy por satisfecho.


Umberto Eco, pocos meses antes de su muerte, nos dejó frente a una breve pero importante lección: «las redes sociales dan derecho a hablar a legiones de imbéciles».

Eco argumentó que aquellas personas cuyas opiniones antes estaban relegadas al ámbito de los bares, ahora se colocan al mismo nivel que las personas educadas gracias a las redes sociales.

Dijo que en la era de la «posverdad» «Internet promueve al idiota del pueblo como poseedor de la verdad». La estructura social de Internet, según Eco, favorece la proliferación de engaños (y eso es lo que pasa).

Pero, ¿cómo se distinguen los idiotas y charlatanes de las personas educadas, expertas en el sector y capaces de analizar y criticar correctamente la información?

Digamos que, si perteneces a la segunda categoría, probablemente no necesites los consejos de este artículo. Aunque, a decir verdad, incluso ser un tonto no te ayudará mucho… ¡pero puedes descubrir si eres un tonto!

¿Lees únicamente los textos que aportan más confirmación a tus tesis?

¿Nunca pruebas tus creencias? ¿Incluso los más profundos? Porque si no lo haces y te quedas anclado en lo que ya sabes, tu deseo de “buscar información” consiste únicamente en tranquilizarte pensando desde el principio que ya tienes razón. Así que el tuyo no es indagar, sino escuchar lo que quieres escuchar.

Políticamente hablando, si perteneces a esta categoría de personas y te consideras de izquierda le das más crédito a periódicos como La Repubblica o l’Unità; si te consideras de derecha nunca intentarás leer «El Capital» de Marx, si votas el Movimiento 5 Estrellas sientes una cierta reverencia por Travaglio e il Fatto Quotidiano.

Digamos también que aquellos que estudian marketing para vender productos pobres a una masa de tontos, agradecen a Dios todos los días por la existencia de personas como tú. Precisamente porque cuando venden un producto, dicen lo que quieres escuchar.

Para cualquier dato que te interese, ya sea una noticia o un ensayo sobre vacunas, ¿lees o escuchas los argumentos de quienes no piensan como tú?

Si no intentas entender el punto de vista de los demás, si comentas impulsivamente en las publicaciones de Facebook que afirman que otros tienen una «microcefalia», son «respetables», «racistas» o los clasificas en categorías para denigrarlos, entonces es muy probable que formes parte de las filas de los idiotas.

Cuando encuentras noticias que corroboran tus creencias …

… sí, todos hemos experimentado ese cosquilleo, ese deseo compulsivo de compartir el enlace y decir “¡¿ves ?! ¡Te lo dije! «. Luego, haciendo un análisis crítico, descubres que el título del enlace no coincide exactamente con su contenido, o peor aún, descubres que la noticia es un engaño.

Si eres una de estas personas tranquilas, no eres una luminaria, no eres un genio, eres una persona con la educación suficiente para saber leer entre líneas y entender que no es necesario compartir el enlace.

Si lo has compartido… probablemente seas un idiota. Y tal vez ni siquiera te hayas molestado en leer todo el contenido (lo que no te justifica, pero te vuelve doblemente imbécil).

Si te corrigen …

¿Eres un idiota?
Si te lanzas a por tu interlocutor … quizás no seas idiota, pero sí un gran idiota.

Me pasa (incluso a mí mismo) encontrar en los comentarios a los posts, contenido interesante y diametralmente opuesto a tus pensamientos, también expuestos con cordialidad y cortesía.

Si crees que tienen el mérito de una reflexión y te agradecen, eres de los que nunca se conforman con conocer, sino que amplían su pensamiento.

Por el contrario, si le muestras al mundo lo susceptible que eres y te lanzas hacia tu interlocutor … quizás no seas idiota, pero sí un gran idiota.

Si obtienes muchos «Me gusta…»

Por lo general, en el mundo de Internet, la mayoría es sinónimo de justicia.

Nada más falso se ha extendido tan fácilmente. Si obtienes tantos «me gusta» y te sientes tan satisfecho porque el jurado popular ha confirmado tu veredicto, baja la cresta. Ciertamente eres un idiota.

Si en su época, Alessandro Volta hubiera mostrado el funcionamiento de su batería eléctrica en un post, el comentario más votado hubiera sido: “¡Bravo! Has estudiado durante muchos años para crear algo que no sirve «.

(PD. El mismo razonamiento se aplica a las páginas y publicaciones más compartidas)

¿Llegaste hasta aquí?

Si en al menos uno de estos puntos te reconoces en las filas de los que harían mejor en guardar silencio, tenlo en cuenta para el futuro. Pero si has llegado a leer hasta aquí, creo que no eres uno de los idiotas.

Aquellos, ya después del segundo punto, dejaron de leer.

No caigas en sus redes

Si hablamos de «sus» redes habrá un «alguien» que es el dueño de esas redes ¿verdad?.

Ese alguien son «ellos». Tienen tantos nombres, unos ficticios, otros reales, otros mitad y mitad, que resulta difícil señalarlos con el dedo. Ya se ocupan ellos de eso.

Puedes llamarlos Amos del Mundo, Illuminati, Poderosos, Oligarcas, Élites, Plutócratas, Foro de Davos, Foro Económico Mundial, Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, ONU, OMS, Rockefeller, Rotschild, Soros… ¡Dios, son tantos!

Y, al final, resula que son cuatro gatos, porque son siempre los mismos. Ese 1% que aspira a dominar o domina ya, al 99% restante, que somos los demás.

No caigas en sus redes
No caigas en sus redes

Ese 99% se divide en dos grandes grupos: los despiertos y los dormidos, aunque cada uno de ambos se subdivide en otros muchos. Me referiré en esta ocasión solamente a uno de ellos, y el más numeroso: los adoctrinados.

Adoctrinados desde hace generaciones en la escuela, en el cine, el teatro, la prensa y, muy especialmente, la televisión. Esas televisiones todopoderosas hasta anteayer y que recibían y reciben inmensas cantidades de dinero público para que digan lo que ellos quieren, o como ellos quieren y callen lo que ellos quieren.

He dicho hasta anteayer porque hoy ya no son tan poderosas. Pierden credibilidad y audiencia a chorro. Algunas están endeudadas. ¿Y eso por qué? Por las redes sociales. Cada vez hay más gente, y sobre todo las nuevas generaciones, que se informan a través de las redes.

Eso ha hecho que ellos intervengan también en las redes, sobre todo en las más populares y numerosas. No pueden consentir que la población se entere de los que ellos no quieren. Y se han inventado lo de los verificadores independientes, unas empresas también pagadas por ellos, con unos lacayos supuestamente independientes que se encargan de decir lo que es verdad y lo que es bulo.

Da igual que los hayan cazado a esos verificadores en multitud de ocasiones y se haya demostrado que mienten más que hablan. Da lo mismo que hayan quedado al descubierto sus conexiones con ellos. Mientras la audiencia no se entere, no pasa nada.

Están presentes en las redes mayoritarias: Facebook, Instagram, Twitter, Youtube, y tan pronto dices algo que no les gusta te ponen un sello de «FAKE» o sale un mensaje que dice algo así como «verificadores independientes han comprobado que la información total o parcial que has publicado es falsa, bla, bla». Cierran cuentas de usuario, castigan por tiempo determinado a no acceder, borran videos, etc. Ya hablé de la Inquisición Globalista en otro post.

Pero tienen un problema. No pueden estar en todas las redes. Hay algunas que no admiten su funcionamiento censor y se permite la libertad de expresión. ¿Significa eso que en esas otras redes todo es verdad? ¡Claro que no! Hay que separar el trigo de la paja y contrastar mucho la información pero, al menos, tienes oportunidad de hacerlo.

Están además los trolls, gente dedicada en «enmierdar» la información, con perdón por el palabro. Recomiendo este artículo que explica bien como funciona, y aunque algunos siempre hablan de las granjas de trolls rusas, lo cierto es que hay en todos los bandos.

Y luego están los bots o robots, cuentas falsas donde no hay una persona real detrás, que se dedican (de forma programada) a decir, dar likes o retuitear lo que convenga al que paga. Hay aplicaciones capaces de detectar las cuentas falsas. Hace poco leí que la «verificadora» jefe de una conocida empresa AntiTrolas tenía casi un millón de seguidores falsos. ¿Quién verifica al verificador?

Hace años (aproximadamente cinco) que dejé de ver televisión, y empecé a enterarme de lo que pasaba. Parece una contradicción, pero no lo es. Si quieres saber lo que pasa, apaga la tele. Ya he cerrado mis cuentas de Facebook, Instagram. Solamente utilizo, con filtros activados, Twitter y Youtube.

¿Y ya está? Pues no. Suelo estar bien informado. Hay muchas otras redes y, como he dicho antes, sin censura. Las hay parecidas a Twitter, sin censura, por ahora:

Parler

Gab

Gettr

También hay otras similares Youtube pero, repito, sin censura

Rumble

Odysee

Youmaker

Twitch

Algo así como Facebook, pero más sencillo.

VK

MeWe

Para los amantes de la fotografía están

Tumblr

Pinterest

Flickr

Wisaw (en la que no hay ni que registrarse, pero mucho mejor para el móvil)

Hay otra similar a Youtube, pero solo para audio

Spreaker

Y, por supuesto, los canales de

Telegram una de los mejores medios de recibir información sin censura. Aunque tienes que revisar lo que recibes y no tragarlo todo. Es una jungla y se puede encontrar de todo. DE TODO. Lo mejor y lo peor.

No me he olvidado de una famosa aplicación muy extendida y popular a la hora de hacer videos: la famosa Tik Tok. No la recomiendo, salvo que quieras que todo lo que haces, dices y hasta piensas, llegue inmediatamente a las garras del Partido Comunista Chino, que es su creador. Y expresamente para eso.

He visto a gente que desprecia cualquier información «porque es de internet» y sólo se cree lo que sale por la tele. Habrían de recordar que en todas las dictaduras, de derechas, de izquierdas, y «democráticas» como la actual, la información siempre se ha repartido en octavillas, impresas en multicopistas o fotocopias, pegadas en los árboles y a escondidas, huyendo de los «grises», la KGB, la NKVD o la Gestapo. Mientras que en las radio y las televisiones del régimen salía basura.

Ahora hay que huir de los verificadores, los trolls y los bots. Y abrir los ojos.

Día internacional de la Arpía

Las Arpías (o Harpías, pero me gusta más sin hache) eran inicialmente mujeres hermosas

En la mitología griega, las Harpías o Arpías (en griego antiguo Ἇρπυια Hárpyia, ‘que vuela y saquea’) eran inicialmente seres con apariencia de hermosas mujeres aladas, cuyo cometido principal era hacer cumplir el castigo impuesto por Zeus a Fineo: valiéndose de su capacidad de volar, robaban continuamente la comida de aquel antes de que pudiera tomarla. Esto las llevó a pelear contra los Argonautas.

En tradiciones posteriores fueron transformadas en genios maléficos con cuerpo de ave de rapiña, horrendo rostro de mujer, orejas de oso y afiladas garras, que llevaban consigo tempestades, pestes e infortunio. Esta es la forma que acabó por imponerse y que ha perdurado hasta la actualidad.

Cuántas eran las Arpías

Las Harpías eran hijas de Electra y Taumante, y hermanas de Iris y de ArceHesíodo las describe en su Teogonía como criaturas de «adorables cabellos», lo cual entronca con su aspecto originariamente bello.

Su mito definitorio está ligado a Fineorey de Tracia que tenía el don de la profecíaZeus, furioso con él por haber revelado sin consentimiento secretos de los dioses del Olimpo, le castigó confinándolo en una isla con un festín del que no podía comer nada, pues las Harpías siempre robaban la comida de sus manos justo antes de que pudiera tomarla. Este castigo se prolongó hasta la llegada de Jasón y los Argonautas, que enviaron tras las Harpías a los héroes alados Calais y Zetes, los Boréadas. Estos lograron espantarlas, pero no las mataron a petición de Iris, quien prometió que Fineo no volvería a ser molestado. Agradecido por su ayuda, Fineo contó a los Argonautas cómo superar las Simplégades para poder continuar su periplo.

Ampliaciones al mito

A la versión básica de este mito se le fueron añadiendo nuevos detalles con el discurrir del tiempo: las Harpías ya no robaban la comida sino que la ensuciaban con sus excrementos, corrompiéndola. Pronto empezaron a ser vistas como difusoras de suciedad y enfermedad, adquiriendo así su más célebre apariencia monstruosa.

Bajo esta nueva forma fueron también impartidoras de castigo, raptando a la gente y torturándola de camino al Tártaro en un difuso solapamiento con las Erinias. Eran despiadadas, crueles y violentas, y vivían en las islas Estrófades. Se las consideraba personificaciones de la naturaleza destructiva del viento.

Según Hesíodo, las Harpías eran en principio dos: Aelo (‘viento tempestuoso’, a veces llamada Nicótoe) y Ocípete (‘vuelo rápido’). Posteriormente los romanos añadieron a Celeno (‘la oscura’), la más malvada de todas. Homero nombra en la Ilíada a otra llamada Podarge (‘pies veloces’), madre de Janto y Balio (caballos de Aquiles) tras unirse con el viento Céfiro. También se hace a las Harpías madres de Flógeo y Hárpago, caballos de los Dioscuros (Cástor y Pólux).

Eneas se topó con las Harpías cuando atracó en las Estrófades camino de Italia, robando aquellas repetidamente el banquete que los troyanos se hallaban preparando. Celeno los maldijo diciendo que acabarían tan hambrientos que devorarían sus mesas antes de que el día terminase. Los troyanos huyeron asustados.