Abuelita Pepsi

Se llamaba Isabel, era mi abuela paterna. Hace mucho que murió y, aunque la foto se la tomé yo, su recuerdo se va deshaciendo como jirones de niebla y se va perdiendo entre brumas.

La abuela de la Pepsi

Pese a que los recuerdos se disipan, hay detalles puntuales que se aferran con fuerza y no se van. Recuerdo que hablaba con los locutores de la tele.

Y que a veces tenía «el ruido», al parecer algo que la trastornaba porque le sonaba el oído (¿sería un acúfeno?) y entonces había que dejarla sola, sentada a oscuras en su habitación.

También recuerdo que tenía que comer y cenar a su hora exacta. Si se retrasaba un poco por algún motivo, le sentaba mal.

La solución que tenía mi tía Carmen, que era con quien vivía, era sencilla: cambiaba la hora en el reloj y, entonces, ya no había problemas con la digestión.

Heredé de ella la afición por la cola. Por las bebidas de cola, quiero decir, no por el pegamento ni por los rabos de los perros u otros animalillos.

Tanto para ella como a mí, las digestiones eran (son) mejores con cola. Pero mi abuela era muy «pija» y tenía que ser PepsiCola, otras marcas le iban mal.

Yo soy más basto y me valen todos los refrescos de cola. Incluso las marcas blancas. La raza degenera.

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