Por fin es Frankenstein y ha dejado de ser Fronkonstin.
Ya ha pasado la campaña del «Ahora, España» y ya no hace falta disimular más. Ahora ya tiene el poder que tanto ansiaba, no necesita mentir más (en esto) y decir que no pactará nunca con los separatistas, ni con Unides Podemas o como se llamen. Ya no se hace llamar Víctor Fronkonstin, ahora ya puede decir a voz en grito que es ¡Frankenstein! y ya tiene su monstruo.
Ya no debe convencer de que se llama Fronkonstin
Por fin es Frankenstein y ha dejado de ser Fronkonstin.
Tiembla, España. El que está a las riendas, en realidad, es Igor, (o Iznogud) que ya ha conseguido ser califa en lugar del califa.
Podemos quiere fijar los precios del alquiler por ley. Pero mientras lo consigue o no, el partido de extrema izquierda se dedica a lanzar campañas de coacción a particulares que no sean de su cuerda para forzarles a fijar un alquiler que ellos creen adecuado.
El 3 de diciembre de 2019 ha arrancado la XIV Legislatura y, de igual manera que a la Constitución de 1812 la llamaron La Pepa, a esta legislatura podríamos llamarla La Felona.
Ninguna, o pocas veces, ha habido tanta traición sentada en los escaños. El tiempo lo mostrará, sin duda alguna.
Hay propuestas, no sé si serias o de coña, aunque conociendo al personal supongo que será en serio, para cambiar a uno o los dos leones del Congreso, Daoiz y Velarde (o Benavides y Malospelos) por leonas. Todo aquello del género, el machismo, el heteropratiarcado y demás.
La afición a desenterrar cadáveres de enemigos para ajustes de cuentas y venganzas post mortem por parte de los exhumadores sin fronteras está muy en boga por las fechas en que esto se escribe, y a algunos les parecerá cosa original, pero no lo es.
El rencor, el encono, son tan viejos como los habitantes de Atapuerca o más atrás. Aunque en estos lúgubres menesteres nunca se hablará de resentimiento ni odio, faltaría más, sino de justicia y leyes; que para están siempre a mano jueces, sumos sacerdotes o brujos de la tribu. Hagamos un viaje retrospectivo y tétrico:
Exhumando republicanos
Oliver Cromwell (1599-1658), líder político y militar, convirtió en república a la muy monárquica Inglaterra, decapitando a Carlos I.
Tuvo y tiene detractores y defensores, claro, pero no es objetivo de estas líneas enjuiciar sus acciones en vida sino las peripecias que sufrió su cadáver. Murió por malaria y llevaba dos años reposando en la abadía de Westminster cuando sus rivales monárquicos volvieron al poder y se acabó su paz.
Fue desenterrado, arrastrado el cuerpo hasta Tyburn y fue colgado de unas cadenas. Allí se esperó a que fuese el aniversario de la ejecución del rey Carlos I y el verdugo lo descolgó para ejecutarlo póstumamente.
Oliver Cromwell
Lo arrojó al patíbulo y lo decapitó de 8 hachazos. El cuerpo se arrojó a un foso, pero la cabeza fue empalada en una pica y exhibida en la abadía de Westminster durante 24 años. Después, la pobre cabeza fue pasando por diferentes propietarios, hasta que fue enterrada en 1960 en Cambridge, donde estudió, y allí sigue. Hasta ahora.
Dando ideas a Juego de Tronos
Retrocedamos algunos años, pero sin dejar Inglaterra. Ahora hablemos de Santo Tomás Moro (1478-1535) para la iglesia católica, o Thomas More para los ingleses.
Tomás Moro
Era obispo en Canterbury y pese a ser fiel al rey Enrique VIII, se negó a aceptar el divorcio de éste con Catalina de Aragón, origen de la herejía anglicana, y también se negó a prestar el juramento antipapista.
Enrique VIII, que era de verdugo fácil, ordenó que le cortaran la cabeza. Luego la hirvieron y la colocaron en una pica, como el caso de Cromwell, y fue exhibida en el puente de Londres. (¿recuerdan a Ned Stark, el de Juego de Tronos? Pues lo mismo)
La hija de Tomás Moro consiguió hacerse con la cabeza de su padre y la conservó hasta que fue descubierta y encarcelada. La enterraron con ella.
Pero aquí estábamos hablando de exhumaciones y este triste caso de Moro no vendría al caso si no fuese porque ¡ya en 1824! (289 años después de su muerte) fue profanada la tumba, extrajeron la cabeza y la volvieron a exponer, esta vez en la iglesia de San Dustane, en Canterbury, hasta no hace mucho.
Exhuma que algo queda. O no.
Seguimos viajando hacia atrás, y continuamos en la rubia Albión. Los exhumadores no descansan. Encontramos ahora al reformador religioso John Wyclef (1324-1384) que fue a juicio 44 años después de muerto.
En el Concilio de Constanza, celebrado en 1415, el tribunal que le juzgó le halló (¡menudo sorpresón!) culpable de herejía.
John Wyclef
Su cadáver fue exhumado, quemado y sus cenizas fueran desperdigadas a los cuatro vientos. No quedó ni una brizna a la que rendir homenaje.
Otro Thomas, otra vez Canterbury
Damos un nuevo salto hacia atrás y, adivinen, sí, continuamos en Inglaterra. Parece que hay algo en los genes de los anglos que les impulsa a escarbar y sacar huesos a la luz.
Ahora hablamos de Thomas Becket (1118-1170), arzobispo de Canterbury. O Santo Tomás Becket, ya que también es santo y mártir. Llamarse Thomas y ser obispo de Canterbury parece ocupación de alto riesgo.
Thomas Becket
Tuvo fuertes disensiones con el rey por motivos que no son objeto de este artículo. Fue asesinado en la catedral por cuatro caballeros siguiendo las instrucciones expresas del rey Enrique II Plantagenet o porque así lo entendieron como su deber aquellos cuatro individuos.
Fue declarado santo tres años después de su muerte. Pero lo que hace que esté presente en este recopilatorio es que Enrique VIII (sí, de nuevo, Enrique VIII) ¡300 años después de su muerte! consideró que seguía teniendo mucha influencia y sus ideas eran nocivas, de modo que, ni corto ni perezoso, decidió exhumar el cadáver, acusarlo y juzgarlo como usurpador del poder papal.
Fue encontrado culpable, una nueva sorpresa, y sus huesos quemados en público. Ya decíamos al principio que el poder siempre encuentra un jurado, un tribunal, una toga, que coincide en su veredicto con sus siniestros deseos.
En la Roma papal, también.
Y para terminar este lúgubre recorrido sobre exhumadores sin fronteras, salimos (por fin) de Inglaterra y nos vamos a la Roma de los papas.
Allí nos encontraremos con Formoso que tuvo una vida difícil antes y después de ser nombrado Papa. Su regencia al frente de la iglesia fue corto, de 891 a 896. Previamente al papado tuvo una actividad muy intensa, en 1864 fue consagrado obispo de Porto y se encargó de misionar para evangelizar a germanos, francos y búlgaros, teniendo mucho éxito en la conversión de estos.
Los problemas para Formoso comenzaron cuando fue nombrado papa Juan VIII, a cuya elección se había opuesto Formoso. El nuevo papa expulsó de su diócesis a Formoso, le obligó a exiliarse y además lo excomulgó (era de gatillo fácil Juan VIII y excomulgaba en un decir Jesús, y perdón por el chiste fácil) por haber coronado rey de Italia a Arnulfo, en contra del deseo e intereses, sobre todo, del papa.
Trifulcas a mogollón
A la muerte de Juan VIII, el nuevo papa le levantó la excomunión y le restituyó el obispado de su diócesis, cargo que ocupó hasta ser elegido papa en 891. Siendo papa coronó como emperador tanto a Guido de Spoleto como a su hijo Lamberto -quédense con este nombre- aunque ya habían sido designados previamente por el predecesor de Formoso, el papa Esteban V.
Aquellos nombramientos crearon tal descontento y trifulcas en Roma que el papa se vio obligado a pedir ayuda a Arnulfo de Baviera; sí, aquel al que coronó rey y le costó un disgusto con Juan VIII.
En agradecimiento por su ayuda, Formoso coronó emperador, también, a Arnulfo. Y aquello sí que generó odio en los rivales, especialmente en Lamberto de Spoleto (el que les pedí que no olvidaran).
Las revueltas siguieron y, a la muerte de Formoso, en abril de 896, el rencoroso Lamberto forzó al nuevo papa, Esteban VI, a exhumar a Formoso en febrero del año siguiente, y juzgarlo. Los exhumadores no paran nunca.
El Concilio Cadavérico
En aquel supuesto juicio, que ha pasado a la historia como “Concilio Cadavérico”, “Sínodo del Terror” y “Sínodo del Cadáver”, Formoso fue acusado de un sinfín de cosas, desde que era obispo en Porto hasta el final de sus días, entre las que se encontraba, por supuesto, el nombramiento de Arnulfo.
El Concilio Cadavérico
El papa Esteban VI, el títere de Lamberto, fue el fiscal en aquel proceso. Como pueden adivinar, fue encontrado culpable de todos los cargos. Al cadáver, que “asistía” como acusado al juicio, se le informó que se declaraba nulo todo su papado, se le despojó de todos los atributos papales y sus restos se arrojaron al Tíber.
El cuerpo fue recuperado en secreto por unos fieles y guardado. El papa Juan IX, en 898, lo rehabilitó, declaró válido su reinado y el cuerpo pudo, por fin, ser enterrado definitivamente.
Exhumaciones por odio
La historia de las exhumaciones de personajes famosos es larga, aunque ha habido por diferentes razones, desde rendirles honores hasta hacerlo por amor. Aquí hemos recogido solamente algunos de los que lo han sido por venganza y odio, que es lo que está de moda.
Amenábar ve muertos. A veces, supongo. Sería horrible que fuese siempre.
El director de «Los otros», aquella buena película que tuvo la mala suerte de coincidir en el tiempo con «El sexto sentido» tocando un tema parecido, dice que «el fantasma de Franco flota entre nosotros«. Vamos, como el niño de su película rival, está viendo muertos a su alrededor.
El niño del séptimo sentido
Quizás por eso, porque Amenábar ve muertos, el espanto de ver al difunto décadas después de enterrado (aunque parece que están a punto de sacarlo) le ha provocado cometer tantos errores al hacer su película sobre la guerra civil española, ya que no hay un director progre que tenga una -o dos- sobre ese asunto.
¿O no son errores involuntarios? ¿Serán subvencionados? Quién sabe.
La vinagreta es una salsa, por supuesto, y uno de sus componentes básicos es el vinagre, de ahí su nombre.
También es vinagreta una planta silvestre (en mi tierra, Cartagena, ya que en otros lugares se llama agrillo, pata de cabra, etc.) que tiene un sabor agrio, que crece por el campo a su aire, y que los niños nos comíamos como diversión por ese saborcillo. También se utilizaba como comida para conejos y gallinas, aunque dicen que en gran cantidad es tóxica, ya que contiene mucho ácido oxálico.
Pero no me he puesto al ordenador hoy para dibujar plantas ni salsas, aunque sí de algo un poquito tóxico cuando se abusa de ello. Y se está abusando mucho.
Asustando al personal
Me refiero a la niña Vinagreta, esa fenomenal campaña de marketing para asustar al mundo con la emergencia climática, una niña siempre con mala cara, enfadada, y que va echando broncas a medio mundo (al mundo occidental, al otro, a Oriente, al mundo islámico, etc. no le dice ni pío, aunque sea el que más contamina).
Da un poco de yuyu ver siempre a la niña Vinagreta con su cara agria, quejándose, acusando… y sabiendo que está manejada por intereses poco transparentes.
Por no decir alcahuete, que parece que suena peor.
Salió La Gallina Ilustrada, la primera revista de humor no de izquierdas, desde hace cuarenta y tantos años. Sí, podría decir de derechas, pero prefiero hacer énfasis es que no es de izquierdas porque no hay nnnnaaadddaaa que no sea de izquierdas.
El caso es que creo que mi amigo Javier Santamarta, por su vasta cultura y su infinito humor, podría encajar perfectamente en ella. E hice algunas insinuaciones a ambos, para ello me valí de un dibujito y todo. A ver si había suerte.
La Gallina Ilustrada y Javier Santamarta, el enlace que no se produjo. (Hasta ahora)
No la hubo. Como celestino soy un perfecto desastre. Bueno, al menos soy perfecto en algo.