Mi mujer

Me gusta decir “mi mujer”, me gusta más que “mi esposa”; y me gusta mucho más que eso que está tan de moda de “mi compañera”, algo que yo solamente utilizaría para referirme a las mujeres que trabajan conmigo, por ejemplo.

También me gusta decir “mi mujer” porque está significando que de todas las mujeres que hay en el mundo, esa y sólo esa es “la mía”. Y, en fin, me gusta decir “mi mujer” porque lo es, quiero decir que es una mujer, una mujer de verdad, una mujer con mayúsculas. Y no todas las hembras son mujeres, parece ser.

Un ministro tonto, muy tonto

Estoy recordando ahora a un tonto ministro del gobierno al que le oí decir que no está bien decir “mi mujer” o “mi madre” o “mi hermana” porque no son nuestras, de nuestra propiedad. Hay que ser ceporro, hay que ser cenutrio, hay que ser… progre, claro.

Le pondría a este garrulo la canción “El callejero” del gran Alberto Cortez, q.e.p.d. aunque no sé si entendería el mensaje:

Aunque fue de todos nunca tuvo dueño
Que condicionara su razón de ser
Libre como el viento era nuestro perro
Nuestro y de la calle que lo vio nacer
Era un callejero con el sol a cuestas
Fiel a su destino y a su parecer
Sin tener horario para hacer la siesta
Ni rendirle cuentas al amanecer
Era nuestro perro y era la ternura
Esa que perdemos cada día mas
Y era una metáfora de la aventura
Que en el diccionario no se puede hallar
Digo nuestro perro porque lo que amamos
Lo consideramos nuestra propiedad

Y era de los niños y del viejo Pablo
Al que rescataba de su soledad
Era un callejero y era el personaje
De la puerta abierta en cualquier hogar
Y era en nuestro barrio como del paisaje
El sereno el cura y todos los demás…

¿Entenderá este bobo, este pedazo de atún, que todo aquello que nos inspira los sentimientos más elevados siempre llevan el posesivo? Mi patria, mi hijo, mi bandera, mi honor, mi madre, mi familia…

Cuando se refiera a SU madre ¿cómo la nombrará? ¿dirá mi madre o la señora que me alumbró? ¿dirá mi familia o el grupo de personas que tienen lazos de consanguinidad o legales conmigo? En fin, no quiero seguir refiriéndome a este beocio y perder más tiempo con él.

Volviendo a mi mujer

Tengo la suerte de estar casado con una mujer, con sus grandezas y sus miserias, con sus aciertos y con sus fallos, con sus virtudes y sus defectos, que de todo tiene.

Tiene luces y tiene sombras precisamente por su condición de mujer, de ser humano. No es perfecta, y a Dios doy gracias de que no lo sea.

Por una parte, la perfección no existe, al menos en esta vida y, por otra, la gente que aparenta ser perfecta me da miedo, mucho miedo.

Juro que es verdad lo que digo. El que es más perfecto es el que más defectos esconde y cuando todos esos salen a la luz, que al final salen, muestran al monstruo que se ocultaba detrás.

Sigo con ella

Pero vuelvo a mi mujer. Como he dicho antes, tiene luces y sombras, pero hoy no quiero hablar de sombras, sólo de luces, aunque a veces unas cosas y otras se mezclan y en ocasiones la sombra se vuelve luz.

Y eso ocurre cada vez más a menudo; conforme han ido pasando los años, me he ido acostumbrando y adaptando progresivamente a ella y hoy hay cosas que podríamos llamar defectos, que han terminado gustándome, y aunque puntualmente puedan molestarme, en general me inspiran más amor que rechazo.

Creo que ella no lo sabe, o al menos no lo sabe del todo. Y si no lo sabe es sobre todo por culpa mía, porque yo no se lo he dicho, y también un poquito por culpa suya, por no saber leer entre líneas en ocasiones, y no saber descubrir el cariño y la ternura que se esconden detrás de algunos gruñidos.

Pero, sobre todo, es culpa mía, repito, por no decírselo. Por eso estoy escribiendo, para intentar remediarlo en la medida posible. Podría decírselo de palabra, claro, pero no soy capaz. Creo que no sabe hasta qué punto soy tímido. ¿Que es ridículo que a estas alturas me dé vergüenza decir ciertas cosas? Pues seguramente lo es, pero no puedo evitarlo.

Me cuesta desnudar mis emociones más íntimas, me gustaría que las adivinara, que las viera sin tener que hacerlas más evidentes, para no tener que decírselo, pero no suele pasar.

Es algo común en mi familia: mi hermana, mis sobrinos, muchos tíos y primos… sobre todo por la parte de mi padre. Mi madre no era así.

Hay mucha gente que nos considera estúpidos, ariscos, insociales… y seguramente lo somos. ¿Para qué perder el tiempo en discutirlo si no nos van a entender?

Hay gente extrovertida, a los que les gusta hablar fuerte en público, gritar, reír, comunicarse con todo el que pasa cerca y, solamente por eso, se creen mejores. Pero no son mejores, sino diferentes. Y nosotros no somos ogros. Tenemos sentimientos, como decía el Neng de Castefa.

De cualquier modo, no pretendo hablar de mí, sino de mi mujer; pero necesitaba explicar que yo, que tengo mucha facilidad para expresarme tanto oralmente como por escrito cuando se trata de asuntos laborales, comerciales, sociales… sin embargo no la tengo cuando se trata de sentimientos, entonces me bloqueo, me encierro en mi caparazón, me siento vulnerable por mostrar mi parte tierna, y casi siempre termino por mostrarme frío y duro, para lo cual sí que tengo mucha facilidad.

Con ramito de violetas o sin él

No soy el único, claro, hay más gente así. Lo explicaba muy bien Cecilia en su Ramito de Violetas. No sé si ella me entenderá. Si no me entiende, tampoco pasa nada. Pero lo que sí me gustaría es que me creyera, aunque no lo entienda.

Quiero hablar de las luces de mi mujer, ya lo he dicho. De todas esas cosas, unas grandes y otras pequeñas, que me dan felicidad día a día. Porque yo, pese a todos mis eternos problemas, soy un hombre razonablemente feliz.

La felicidad no es un estado constante, solamente los tontos son siempre felices. Hay momentos de felicidad, unas veces más fugaces que otros, pero siempre pasajeros, porque la vida, que es dura, se encarga de que así sea.

Pese a todo, soy feliz, porque regularmente hay una cantidad suficiente de momentos felices en mi vida. Y la inmensa mayoría de esos momentos son por ella o con ella.  

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