Cosas que me encuentro

Cuando paseo con mis perros me suelo encontrar objetos, personas o situaciones que me llaman la atención más o menos. He tenido dos perros, que ya no viven, lamentablemente, Arturo y Lanzarote, que eran especialistas en encontrar o detectar aquello que se saliese de lo, digamos, normal. Y otro, Nacho, que tenía especial habilidad en encontrar cosas… salvo perras. No se le escapaba una.

Arturo

Arturo era el campeón en eso. Un corredor (runner que se dice hoy) con atuendo más friki de lo habitual era suficiente para que se pusiese en guardia.

Una señora mayor con una melena de leona, bastaba para que él considerase que no era apropiada (según su criterio, claro, aunque a veces he de reconocer que coincidía con el mío) y gruñía al pasar cerca.

O un coche aparcado en un lugar poco habitual a una hora poco habitual, y que solían ser parejas buscando soledad y discreción para sus efusiones correspondientes, era razón suficiente para que se pusiese de «muestra», como hacen los perros de caza.

La lista es larga porque Arturo era un hacha para encontrar lo que otros no veían: pelotas, juguetes, comida, ramas especiales… y llevárselas a casa, claro.

Lanzarote

Lanzarote tenía también sus peculiaridades, aunque no tanto como su antecesor. A él le gustaba fijarse en los aviones en pleno vuelo, cosa que no he visto en ningún otro perro.

Y también detectaba pronto cualquier cambio que hubiese en el entorno con respecto a la rutina diaria, como por ejemplo la puerta de una arqueta de contador de agua que normalmente estuviese cerrada y un día, ocasionalmente, estuviese abierta.

Nacho

Nacho, contemporáneo de Arturo y fiel compañero durante muchos años, no se enteraba de nada. Salvo de que hubiese alguna perra en celo; para eso tenía un radar finísimo. De todo lo demás, pasaba por completo.

Merlín y Arquímedes

Los que tengo ahora, Merlín y Arquímedes, son mucho más corrientes y «van a lo suyo», o sea, a oler cacas y pipís de otros perros, algún pájaro muerto y poco más.

Pero hace unos días nos encontramos un bizcocho, y eso no es habitual. Estaba empezado, le faltaba un trozo y el resto estaba intacto en mitad del campo.

Imagino que no estaría muy bueno y, tras la cata, decidieron dejarlo allí. Ni Merlín ni Arquímedes hicieron intención de probarlo por lo que supongo que, de olor, tampoco estaría muy apetecible.

Pero yo apostaría a que Arturo no lo habría dejado allí así como así.

¡Menudo era Arturo!

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